Las diferencias en la crianza y en la Educación Sexual Integral (ESI) entre hijas y/o hijos con discapacidad y sus hermanas y/o hermanos sin discapacidad suelen nacer del miedo, los tabúes y miradas capacitistas. A esto se suman barreras actitudinales y del entorno: bullying, segregación de pares y falta de espacios de socialización, especialmente en la adolescencia y adultez. Muchas veces persiste la idea de que las personas con discapacidad son asexuadas o que su sexualidad es un problema. Desde ahí, el cuidado se transforma en sobreprotección, vigilancia y control.
Esto se refleja en el vínculo con sus cuerpos: mientras los hermanos adquieren progresivamente autonomía, privacidad y conocimiento corporal, las hijas con discapacidad suelen experimentar mayor intervención adulta. Sus cuerpos quedan más expuestos, menos nombrados y con menos espacios propios.
La intimidad también se restringe. Puertas abiertas, supervisión constante y escasos momentos a solas contrastan con la privacidad que sí se reconoce en otros hijos. Lo mismo ocurre con los vínculos: amistades, salidas o relaciones afectivas se limitan por temor, dificultando aprendizajes clave como el consentimiento y los límites. El embarazo aparece como un miedo central, pero el silencio no protege. La falta de ESI aumenta la vulnerabilidad al no brindar herramientas sobre el cuerpo y el cuidado.
El derecho al placer es, quizás, el más negado. Muchas expresiones se corrigen o patologizan en lugar de acompañarse. Así, el cuerpo deja de ser propio.
El desafío no es dejar de cuidar, sino acompañar desde los derechos: con información accesible y reconocimiento de la intimidad y privacidad como un derecho.
