Cuando hablamos de inclusión, solemos pensar en acceso a la educación, la salud o la tecnología. Sin embargo, existe una dimensión menos visible, la forma en que diseñamos y comunicamos la información.
Las imágenes, símbolos y campañas que circulan en medios y redes sociales no son neutros. También construyen significados y condicionan la manera en que comprendemos a distintos grupos sociales. La inclusión no depende únicamente de quién puede acceder a un sistema, sino también de cómo ese sistema representa a las personas.
El caso del autismo es un ejemplo de ello. Durante décadas, sus representaciones visuales estuvieron definidas principalmente por perspectivas médicas e institucionales. Hoy, las propias personas autistas participan cada vez más activamente en estos debates, reivindicando su derecho a intervenir en la manera en que desean ser representadas y comprendidas.
En Chile, la Ley de autismo establece la necesidad de promover campañas de concientización pública sobre el espectro autista. Pero informar no consiste únicamente en entregar datos. También implica decidir qué símbolos utilizar, qué relatos visibilizar y qué voces incluir.
Desde la ingeniería y el diseño de información, este desafío es fundamental. Diseñar sistemas inclusivos no significa únicamente desarrollar nuevas tecnologías, sino también construir formas más participativas y representativas de comunicar la realidad. Porque la inclusión también se diseña.
