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Opinión

Más allá del diagnóstico de autismo: el desafío pendiente en la educación

Niña mirando una mesa donde hay un libro, lápices, una manzana y lápices
Imagen referencial

La comprensión del autismo ha recorrido un largo camino desde las descripciones de mediados del siglo XX hacia lo que hoy conocemos como autismo. Esta evolución respondió a la necesidad de reconocer que la neurodivergencia no se manifiesta de forma unívoca, sino a través de una inmensa variabilidad de expresiones y necesidades de apoyo. En este sentido, este concepto amplió la mirada y generó conciencia de que el autismo es más que los estrechos criterios del DSM. Sin embargo, la reciente postura de la destacada investigadora Uta Frith, quien ha sugerido que el concepto de espectro se ha expandido hasta un punto de «colapso» que diluye la precisión clínica, ha encendido las alarmas en las comunidades de personas autistas y profesionales de la educación. 

Frith plantea que incluir presentaciones más sutiles o con mayor camuflaje social podrían invisibilizar a quienes requieren apoyos más intensos. No obstante, cuando el debate se centra exclusivamente en los límites de una categoría diagnóstica, corremos el riesgo de perder de vista lo más relevante: las condiciones reales en las que las personas autistas participan en los espacios sociales y educativos.

Si nos centramos en el ámbito escolar, la discusión no debiera situarse en cuán amplio o acotado es el espectro (una preocupación legítima en la investigación clínica), sino que debería centrarse en si los entornos educativos son capaces de acoger la diversidad de formas de aprender, socializar y comunicar.  Durante años, muchas y muchos estudiantes han quedado fuera de la mirada educativa por no responder a definiciones estrechas o a ideas preconcebidas sobre cómo “debería ser” una persona autista.

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En ese tránsito, han enfrentado barreras que no se explican por sus características personales, sino por contextos rígidos que ofrecen pocas posibilidades de adaptación. Por ello, más que retroceder hacia etiquetas cerradas, el desafío es entender que ampliar nuestra comprensión del autismo es una oportunidad para visibilizar trayectorias históricamente ignoradas, especialmente en personas adultas y de género femenino.

En educación, esto implica un giro fundamental: dejar de preguntarnos quién «encaja» en los criterios diagnósticos tradicionales, para comenzar a preguntarnos qué condiciones necesita cada estudiante para participar y aprender en igualdad de oportunidades. Este cambio supone reconocer que las diferencias no son “síntomas” individuales, sino que características personales que son una expresión de la diversidad humana. El desafío, entonces, no pasa por ajustar las categorías para que sean más o menos exclusivas, sino por transformar las prácticas. Esto requiere propuestas pedagógicas flexibles, evaluaciones diversas y, ante todo, la implementación de apoyos pertinentes basados en la ética de la escucha.

Porque, en definitiva, la pregunta central no es cuán estrecho o amplio es el diagnóstico, sino cuán inclusivos, justos y accesibles son nuestros espacios educativos para todas las mentes que los habitan.

Paula Alarcón y José Sepúlveda
Escrito por

Paula Alarcón y José Sepúlveda

Académicos de la Facultad de Educación. Carrera Educación Diferencial, Universidad Alberto Hurtado

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