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Entrevistas y reportajes

Ni heroínas ni víctimas: vivir la discapacidad siendo mujer

Tres mujeres desmontan los estereotipos sobre discapacidad y muestran lo incómodo: vivir así no debería ser tan difícil.
Fotografía dividida en tres mujeres con discapacidad: en silla de ruedas, autista y con bastón
Imagen referencial

En un contexto global donde los derechos de las mujeres enfrentan retrocesos y nuevas tensiones, hay experiencias que no solo resisten, sino que transforman profundamente la manera en que entendemos la autonomía, el cuerpo y la vida en sociedad. Las historias de Gabriela, Constanza y Paula —tres mujeres en situación de discapacidad— no son relatos excepcionales: son evidencia concreta de las múltiples barreras que persisten y, al mismo tiempo, de la potencia de quienes las enfrentan.

Lejos de una narrativa de superación individual, sus trayectorias revelan un entramado más complejo: sistemas que excluyen, estructuras que invisibilizan y, también, redes —formales e informales— que sostienen.

En América Latina, más de 80 millones de personas viven con alguna discapacidad, según la Organización Mundial de la Salud. Las mujeres enfrentan una doble desigualdad: por género y por condición, acá tres de esas historias,

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Gabriela Cáceres, periodista salvadoreña actualmente viviendo en México, lo vivió de forma abrupta. Un accidente de tránsito en 2023 la dejó con múltiples fracturas y meses de hospitalización marcados por negligencias y bacterias intrahospitalarias. “Me di cuenta de cómo de verdad está el sistema de salud en El Salavdor: espantoso”, relata. Pero el golpe no fue solo físico. En silla de ruedas, enfrentó una ciudad inaccesible, aislamiento social, cuestionamientos a su persona y una transformación simbólica brutal: “Pasé de ser la ‘Gabi periodista` a ser ‘Gabi discapacidad’”.

Su experiencia revela una constante: la discapacidad no está solo en el cuerpo, sino en el entorno. En América Latina, menos del 30% de los espacios urbanos son accesibles. Esa exclusión impacta directamente en la salud mental. Gabriela lo vivió en carne propia: dejó de salir, perdió vínculos y enfrentó discriminación incluso en lo íntimo. “Sentí que ya no era deseable, que solo era enfermedad”, dice.

Pero también identifica grietas: el trabajo fue un sostén. A diferencia de muchas mujeres que son desvinculadas tras enfermar o accidentarse, ella mantuvo su empleo en el periódico salvadoreño El Faro, donde ha realizado importantes investigaciones periodísticas sobre corrupción. Un privilegio en una región donde casi el 73%  de las personas en situación de discapacidad están desempleadas

 

Ayudar desde las redes

La historia de Paula Miranda, psicóloga chilena, madre y usuaria de silla de ruedas tras un accidente a los 21 años, confirma esa tensión entre barrera y posibilidad. “Para los demás soy la ‘mujer maravilla’, pero yo hago lo mismo que cualquier mamá”, dice. Sin embargo, esa aparente normalidad está mediada por obstáculos estructurales: dependencia para salir de casa, dificultades laborales y políticas públicas insuficientes.

“¿Por qué tengo que competir por ayudas que son un derecho?”, cuestiona. En Chile, solo el 24% de las personas con discapacidad tiene empleo formal, según el Servicio Nacional de la Discapacidad. En ese contexto, salir de una relación violenta o criar en solitario se vuelve aún más complejo. “Sin apoyo económico, no hay opción real de irse”, advierte.

Aun así, Paula ha construido comunidad desde redes sociales, desde su Instagram @paulamirandaneve visibilizando maternidad, sexualidad y autonomía. “No somos inútiles. Podemos hacer todo. Yo puedo hacer mi vida, pero no de forma autónoma, porque el sistema no está pensado para personas como yo.”, afirma.

 

Invisibilización

Desde otra vereda, Constanza, mujer chilena en el espectro autista, introduce una dimensión menos visible: la discapacidad psicosocial. Diagnosticada a los 33 años, tras el proceso de su hija, su historia evidencia cómo el género invisibiliza. “Como era tranquila, nadie vio mi autismo”, cuenta.

El autismo en mujeres suele detectarse tardíamente: estudios indican que pueden pasar hasta 10 años más que en hombres para obtener diagnóstico. Esa invisibilización tiene costos: ansiedad, sobreexigencia y colapso. “Se romantiza a la mujer que puede con todo, pero eso agota. Y más si eres autista”, explica.

Su experiencia también tensiona los estereotipos. Lejos de la fragilidad, destaca habilidades: pensamiento práctico, autonomía, aprendizaje autodidacta. Pero advierte: la falta de redes y de acceso a salud mental puede llevar a situaciones límite. “No es que no podamos, es que necesitamos apoyos adecuados. El autismo es una discapacidad social: vivimos chocando con un mundo que no está hecho para nuestro ritmo.”, dice.

Las tres historias coinciden en algo: la dificultad no es inherente a sus vidas, sino a sistemas que no están diseñados para ellas. Y, al mismo tiempo, desmontan una narrativa única de victimización. Hay dolor, sí. Pero también hay deseo, trabajo, maternidad y futuro.

En un contexto donde el discurso público oscila entre la lástima y la heroicidad, sus voces proponen otra cosa: reconocer la complejidad. Ni víctimas ni “mujeres extraordinarias”. Personas. Con derechos, con límites y con potencia.

 

Laura Quintana Gutiérrez
Escrito por

Laura Quintana Gutiérrez

Periodista y Coach Ontológica, consultora en comunicación estratégica y organizacional.

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