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Entrevistas y reportajes

Monomarentalidad disca: mujeres que crían solas contra todo pronóstico

Dos mujeres que no se conocen entre sí, pero que comparten muchas realidades sin ni siquiera saberlo.
Dos mujeres cada una con su hijo respectivamente
Fotografías cedidas

Hay un dicho donde se explica que para criar a un niño o niña se necesita de un pueblo entero, pero ¿qué pasa cuando la realidad dista de esto?

En Chile, según datos de la División Observatorio Social del Ministerio de Desarrollo Social y Familia, hasta el año 2024, las familias monoparentales llegaban a 1.344.215 (entre un 18% y 20%) y de ellas un 47,7% tenían una jefa de hogar.

Además, 1 de cada 3 niñas, niños y/o adolescentes en nuestro país vive en un hogar monomarental. 

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Ya tener la crianza de manera solitaria es todo un desafío. Aunque en decisiones prácticas puede sonar más fácil, ya que no hay que llegar a consenso con otro, el diario vivir, la economía y ser la única adulta responsable de ese mini ser humano agotan las energías.

Esta realidad se doblega cuando eres una mujer en situación de discapacidad: discriminación x2.  «No existen cifras específicas que hablen de cuántas mujeres en Chile en situación de discapacidad conforman familias monoparentales», explica, en entrevista con wazu.cl, la Dra. Florencia Herrera, directora del Núcleo Milenio DISCA e investigadora en temas de parentalidad y discapacidad.

Una barrera más para estas mujeres, quedando rezagadas respecto a políticas públicas centralizadas en sus necesidades específicas.

Carolina y Marcela

Carolina es una mujer de 43 años y fue madre de León a los 28 años.

Marcela es una mujer de 42 años y fue madre de Sebastián a los 26 años.

Ambas crían solas a adolescentes; coincidentemente, ambos en el espectro autista.

Carolina, al igual que su hijo, es autista, además de tener sospecha de otras neurodivergencias que aún no son confirmadas. Para el mundo exterior que no la conoce, ella es “totalmente normal y funcional”, sin saber que está viviendo recién la etapa de “duelo” de la mujer que pensó que era y de la que realmente es tras recibir su diagnóstico tardío.

Marcela es sorda. La barrera que día a día ella debe atravesar es la de comunicarse con el entorno y con su hijo autista; aunque ahora ya han logrado encontrar un código común, no siempre fue así.

Las mujeres que tienen una discapacidad “evidente” no tienen que explicar que necesitan ayuda porque el entorno lo percibe, pero quienes viven con una discapacidad que no se “nota” deben decirlo y a veces pueden ser juzgadas», detalla la Dra. Herrera.

En el caso de Carolina y Marcela, ambas tienen las denominadas “discapacidades invisibles”. Las dos viven la barrera comunicacional con sus entornos, solo que se manifiestan de distintas maneras.

Carolina: la mamá que se está re-conociendo

Mujer junto a su hijo ambos sonriendo

Como suele ocurrir con las mujeres autistas, Carolina es una más de las que están en las estadísticas de aquellas madres que recibieron su diagnóstico tras conocer el de su hijo o hija. «Cuando el psicólogo de mi hijo me dijo que podía ser autista, no lo creí, lo negué, no lo entendía; jamás nadie me había hablado de autismo y menos en la época que era niña; no era muy común. Se veía el autismo como algo supergrave y no existía el concepto de espectro que hay ahora; después lo fui aceptando y luego empecé a hiperfocalizarme en el tema, quería saber todo sobre el autismo y la alta sensibilidad, me puse a leer libros y asistir a cursos online, así de a poco me fui sintiendo parte y comencé a identificarme con varios patrones», nos relata esta psicóloga (@kittymontes).  

Pasar años sin saber quién eres, intentando encajar, creyendo que tú eres la que está mal, son solo una minúscula parte de lo que Carolina vivió durante décadas. 

Para ella, el criar sola a León es un desafío desde las divergencias que tiene con él y que se derivan del propio autismo.  «En muchos aspectos la facilita, por ejemplo, entenderlo mejor, que respeto sus tiempos y no le exijo ni lo presiono más de lo que puede, pero en otros es desafiante y me cuesta.

En lo sensorial, yo soy hipersensible a ruidos y sonidos y León grita todos los días mientras juega en el computador, hace stimming vocal fuerte, y eso a mí me desregula, me deja sin energías; entonces me cuesta más hacer algunas tareas de la casa cuando él está gritando constantemente. Creo que debería usar audífonos y lentes de sol, acomodaciones que nadie me enseñó a usar; en mi época era mal visto o te encontraban rara si las usabas».

Y es que el peso del mundo de este adolescente recae totalmente en Carolina, la que tiene una escasa (por no decir nula) red de apoyo, además de la presencia intermitente del padre de su hijo.  «Cuando León tiene crisis, me siento con todo el peso de tener que contenerlo y ayudarlo a ver un lado positivo, a mirar hacia adelante y no quedarse en un hoyo, sacarlo de los pensamientos negativos y demostrarle que se puede; a veces me drena y siento que él también necesita más figuras significativas y de apoyo en su vida», explica la madre de León. 

Marcela: la mamá que adaptó su modo de comunicación

Mujer junto a su hijo, quien lleva un gorro de sol en la cabeza

Si pensamos en una madre con discapacidad auditiva y un hijo autista oyente, notas que algo ‘no encaja’, y no solo porque ella no escuche y él sí, sino que la manera natural de comunicarse es como “el agua y el aceite”. 

«Primero sentí triste, aunque solo un poco», relata Marcela al contar cómo se sintió al saber que Sebastián es autista. 

Aunque ellos viven con familiares, la crianza del adolescente ha sido de total responsabilidad de Marcela, ya que el padre del niño está muy poco tiempo con él, solo los fines de semana. 

La manera nativa de comunicarse de esta madre es la lengua de señas; sin embargo, Marcela decidió buscar otras formas de comunicarse con Sebastián al ver que le costaba mucho aprenderla. «Mi paciencia es mi hijo. Yo me comunico con lengua de señas, pero con él no lo hago», detalla esta madre.

Este es el ejemplo de cómo las barreras entre una madre y su hijo o hija se desvanecen por completo y sobre todo cuando son solos ellos contra el mundo. 

Quiero que mi hijo me recuerde...

Carolina y Marcela son solo dos de las tantas mujeres que viven este tipo de realidades. Las que, al terminar su ajetreada jornada de crianza, trabajo y responsabilidades, se quedan solas en el silencio de la noche preguntándose si son suficientes para la vida que les tocó, porque, así como hay días de pura alegría, hay otros en los que piden a gritos como Mafalda: ¡Paren el mundo que me quiero bajar!

Han salido en la prensa casos de madres como ellas que crían solas, que no tienen redes de apoyo y la vida las supera al punto que deciden quitarse la vida y la de sus hijas o hijos. 

En esas noticias abundan los comentarios mencionando que ellas no tienen derecho sobre la vida de esas niñas y niños, pero ¿qué haces si nadie quiere ni puede con tu hija o hijo? ¿Si no recibes apoyo para tu propio caos y no ves otra salida? ¿Esas personas que comentan sin tapujo cuidarán a esas niñas y niños? 

No somos quienes para juzgar a esas madres. Esos casos solo demuestran la falta de políticas públicas para apoyar a estas mujeres que muchas veces no saben a quién acudir», explica la directora del Núcleo Milenio DISCA.

Aunque no ha sido fácil, Marcela y Carolina han encontrado la forma de seguir levantándose todos los días, buscando y rebuscando las mejores maneras de sustentar sus hogares y buscar ayuda para sus hijos, lo que sin duda valoran, aunque no siempre se lo digan. 

A Carolina le gustaría mucho que cuando León sea adulto «recordara que fui cariñosa y preocupada por él, que lo cuidé con mucho amor y dedicación, y le enseñé valores importantes para la vida». Que las crisis pueden ser superadas y mirarlas con esperanza, que las cosas pueden mejorar».

Mientras Marcela sueña con una cosa: «Estoy orgullosa de mi hijo. Y me gustaría mucho que me dijera «Te quiero» en lengua de señas».

Dos historias, de dos mujeres que no se conocen pero que tienen muchas similitudes, y que, sin duda, serán el espejo de otras que lean estas palabras. 

Gracias a ambas por abrirnos sus corazones y sus micromundos. 

Constanza Figueroa Mora
Escrito por

Constanza Figueroa Mora

Periodista y audiovisual. Editora de wazu.cl

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