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Académica destaca la importancia de jugar libremente en la infancia

La académica Mónica Manhey destaca la importancia de proteger el juego espontáneo en niñas y niños.
Niñas y niños jugando a a la escondida
Imagen referencial

Muchas veces entendido como una actividad secundaria o de menor relevancia frente a otros aprendizajes, el juego ocupa un lugar central en la vida de niñas y niños. A través de esta actividad, las infancias exploran el mundo, ensayan roles, desarrollan vínculos, expresan emociones, fortalecen su autonomía y construyen formas propias de comprender la realidad.

Esta importancia también se sustenta desde un enfoque de derechos y es reconocida internacionalmente. Esta relevancia se expresa en dos fechas conmemorativas: el 28 de mayo, vinculado a la tradición impulsada por las ludotecas internacionales, y el 11 de junio, reconocido por Naciones Unidas como Día Internacional del Juego. Ambas recuerdan la necesidad de garantizar tiempos, espacios y condiciones para que las infancias puedan jugar libremente.

Para la doctora en Educación Mónica Manhey, académica del Departamento de Educación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y coordinadora del Núcleo de Investigación en Primera Infancia y Políticas Públicas, este tema adquiere especial relevancia en un escenario marcado por la aceleración social, la hiperconectividad y la creciente presión académica sobre niñas y niños.

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«Hoy más que nunca es necesario resignificar el juego y no verlo como un asunto menor, sino como una urgencia epistémica y ética. Se dice metafóricamente que jugar en los niños es tan necesario como respirar. El juego es una manifestación genuina de la conducta infantil y un derecho consustancial consagrado en el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño», señala la especialista.

Más que entretención: desarrollo y bienestar

Manhey enfatiza que no basta con organizar actividades dirigidas o invitar a niñas y niños a participar en dinámicas planificadas por adultos. A su juicio, también es fundamental respetar el juego espontáneo. «Se necesita que los niños y las niñas jueguen espontáneamente, que se les den espacios para jugar, curiosear, indagar y explorar. Un juego con normas puede resultar muy bien, pero no es un acto de libertad ni de juego espontáneo; es una actividad lúdica, que es muy distinta al juego», explica.

De acuerdo con la académica, el juego favorece dimensiones clave del desarrollo infantil. En particular, destaca su importancia para el área socioemocional, la creatividad, la autonomía, la resolución de conflictos y funciones ejecutivas como la autorregulación, la memoria y la flexibilidad cognitiva.

Cuando niñas y niños ven reducidas sus posibilidades de jugar, advierte, también se restringen espacios fundamentales de exploración, ensayo y error. «La falta de juego se correlaciona con mayores niveles de cortisol, que es una respuesta asociada al estrés, y eso puede manifestarse en cuadros de ansiedad infantil, dificultades en la integración sensorial, torpezas motrices, sedentarismo y, sobre todo, menor tolerancia a la frustración por falta de espacios seguros de ensayo y error», plantea la Dra. Manhey.

En ese sentido, el juego no solo tiene una dimensión individual. Cuando ocurre con otros, permite fortalecer la convivencia, la socialización temprana, la empatía y la capacidad de resolver conflictos. Por ello, la especialista insiste en que jugar no debe entenderse como una pérdida de tiempo, sino como una experiencia profundamente formativa. «Cuando los niños juegan, no pierden el tiempo, hay toda una vida para jugar, y ojalá que nosotros también de adultos lo hagamos», agrega.