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«Se lo dejo a mi yo del futuro»: Especialista explica cuándo este método ayuda y cuándo se convierte en procrastinación

¿Se trata de una forma responsable de dosificar la carga mental o de una postergación que, con el tiempo, puede terminar pasando la cuenta?
Persona revisando el celular sin querer trabajar
Imagen referencial

Entre actividades pendientes, cansancio y jornadas que parecen no alcanzar para hacerlo todo, la frase «se lo dejo a mi yo del futuro» se volvió una forma cotidiana de nombrar tareas que se suelen postergar, pero ¿se trata de una forma responsable de dosificar la carga mental o de una postergación que, con el tiempo, puede terminar pasando la cuenta?

Para el académico del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de ChilePablo Herrera Salinaspensar en el futuro forma parte de una capacidad humana central. «Parte de nuestras características cognitivas como seres humanos es visualizar el mañana. Entonces, es una característica que está programada en nosotros y que ha sido extremadamente adaptativa para nuestra supervivencia», explica.

En ese sentido, anticipar lo que viene no es negativo en sí mismo. Al contrario: «Es bueno que empaticemos con nuestro yo del presente y con nuestro yo del futuro, que tomemos decisiones que cuiden a ambos», plantea el profesor del Taller de trabajo con el autosabotaje y la procrastinación.

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Sin embargo, el problema surge cuando ese delicado equilibrio se rompe. Desde la psicología, la procrastinación suele entenderse como una forma de privilegiar el alivio inmediato por sobre aquello que será importante más adelante. «En general, la procrastinación se entiende como priorizar el yo del presente a costa del yo del futuro. O sea, elijo una gratificación presente, o cualquier otra cosa que pueda ser agradable o por lo menos no aversiva, y el que paga el costo de esa decisión es mi yo del futuro», señala Herrera.

Ese costo puede verse en trabajos entregados tarde, estudio acumulado, deberes pendientes o metas personales que se aplazan indefinidamente.

Aunque muchas veces la procrastinación se asocia a una simple falta de voluntad o pereza, Herrera advierte que, en muchos casos, sus causas son mucho más complejas. Por ejemplo, existen factores del contexto, como distracciones o ambientes poco propicios para concentrarse, pero también se puede deber a factores psicológicos más profundos.

Uno de ellos es la dificultad para proyectarse y organizarse a futuro. «Hay algunas personas a las que les cuesta visualizar el futuro. Tienden a ser más impulsivas, más presentistas. Entonces les cuesta organizarse y planificar», indica. Sin embargo, en su experiencia clínica, hay una causa todavía más frecuente: el miedo al fracaso y a la crítica.

Desde esa perspectiva, la procrastinación no siempre se debe a la falta de disciplina, sino, a veces, a una exigencia excesiva. «En la mayoría de los casos en que consultan en terapia, es casi lo opuesto: es el exceso de una disciplina muy punitiva internalizada, lo que hace que sea tan aversivo para mí cumplir con esos estándares y esas exigencias que necesito evitarlo, y así se genera un círculo vicioso porque evito trabajar», afirma.

La procrastinación ocasional forma parte de la experiencia cotidiana de muchas personas y no necesariamente es motivo de alarma. Pero cuando se vuelve persistente, afecta distintas áreas de la vida y se vive con malestar constante, podría ser señal de que hay algo más profundo detrás.

Más que preguntarse solo por qué algo quedó para mañana, la invitación, dice el académico, es revisar si esa decisión realmente ayudó a cuidar al yo del presente y al del futuro, o si terminó dejando a ambos en el mismo lugar: atrapados entre la culpa, el cansancio y la postergación.